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Desde pequeño he sido
hípico.
Recuerdo que soñaba con algún día poder llegar a
formar parte de la gran familia hípica. En el 1971,
tuve la oportunidad de convertir mi sueño en
realidad al obtener mi licencia como propietario de
caballos de carreras. |
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Muy pronto comprendí que el hipismo no solo era un
glamoroso y excitante deporte, también una gran
industria que generaba miles de empleos en nuestro
país y producía millones de dólares al año, dinero
que se usaba entre otras cosas para ayudar a la
educación de la juventud
puertorriqueña. |
Jinetes, entrenadores, criadores, dueños de caballos, la
empresa
operadora, agentes hípicos y funcionarios
gubernamentales tenían la responsabilidad de mantener esta
industria sólida, saludable y floreciente. Sin lugar a
dudas, todas las partes envueltas tenían que dar de si para
poder conseguir la meta
deseada. Era una
responsabilidad muy seria, pero no
podía ser eludida, había que asumirla. Eso fue así en el
1971, fue así antes de esa fecha, y será así siempre.
Pero para lograr el éxito, nuestro hipismo depende de poder
presentar un espectáculo que atraiga y entusiasme al
fanático hípico, que sea excitante, que cautive la atención
de que lo está presenciando. Por esa razón es que a costa de
sacrificios y dedicación, trabajo arduo y deseos de
superación, algunos dentro de la familia hípica llegan a
convertirse en ídolos de la fanaticada. Estos son los
que
sobresalen sobre sus iguales implantando nueva marcas y
sirviendo de ejemplo a las futuras generaciones.
Este año celebramos la décimo exaltación al Salón de la
Fama de Hipismo Puertorriqueño. Nuevamente reconocemos
aquellos que en un momento dado dejaron su huella marcada de
forma permanente en la historia de nuestro hípismo.
Felicitamos a cada uno de los nuevos inmortales de nuestro
hípismo; sabemos que ellos servirán de ejemplo para que
otros traten de emularlos y así continuar cumpliendo con la
resposabilidad que todos hemos asumido, la de luchar y
mantener fuerte y vigorosa nuestra industria hípica. |